Cuestión de vínculos

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“ Vivir con la certeza que lo que hago, es coherente con lo que digo,  siento y pienso… experimentar  la plenitud de la vida… en equilibrio”…

Para poner en marcha esa coherencia, para estar en equilibrio con la vida, para cultivar y trascender,  podemos buscar fuera, dentro, en dios, en filosofías,  conocer el amor, vivir en soledad,  llegar a diferentes puertos y sentirnos plenos viajando, crecer en  cultura, estudiar lo que nos apasiona, formar una familia, convivir con animales, solidarizarnos para equilibrar las desavenencias de otras personas, acudir a terapias, unirnos a grupos, encontrar en definitiva lo que nos es más afín… y concretar lo que llamamos felicidad.

Por las experiencias vitales, me hice  consciente de la realidad de otros.

Esas experiencias, hicieron que empatizara fácilmente con otras personas, y cuando llegó el amor,  nos consolidamos como pareja, el hecho de fraguar una familia, nos posicionó del lado de los más vulnerables, niños, o niñas, que por algún motivo necesitaran una familia.

Quizás, un miedo a y si… y si… no es cómo imagino, y si creamos unas expectativas no realistas.

Yo sabía, que se puede amar a un hijo nazca donde sea, que lo importante es el vínculo que sepamos crear los adultos, lo conocía por mi familia. Y lo sabía, porque somos capaces de amar a nuestras parejas, amigos, sin ser  de nuestra sangre, sabía  que amar es una cuestión de actitud.

Después de  un largo periplo donde pasamos por adopción, conocimos el acogimiento permanente,  y aquí nos quedamos.

La idea de formar una familia, con la realidad presente de nuestro futuro hijo, nos pareció natural.

Sus progenitores siempre serían parte de su historia, el hecho de estar ellos presentes, mediante visitas, podría servir para responder a la inquietud sobre el pasado, podríamos abordar el dolor y calmarlo con las mismas personas que lo provocaron, y entender que la vida está llena de obstáculos, y que, pese a todo,  un niño, o una niña, siempre tiene derecho a conocer las piezas de su historia para formar su puzzle de la vida, como tú y como yo lo hacemos cuando hablamos de nuestras abuelas, de quién era y cómo era, y por qué era… saber… quién soy, de dónde vengo… adónde voy… imagina sino… que no tuvieras respuesta, nuestros orígenes serían un vacío.

Nosotros solicitamos ser acogedores permanentes de niño.a de entre 3 a 8 años, somos acogedores de un niño saharaui  que vino con 7 años y nuestra experiencia respecto a la edad era muy positiva, también se crea el vínculo, también sigue siendo un niño, también necesita sentirse protegido y abrimos nuestro rango de edad.

Cuando terminamos las valoraciones y tuvimos la idoneidad, firmamos en la Junta como acogedores permanentes,  nos llamaron días más tarde  para ofrecernos ser acogedores de dos menores, dos hermanas, niñas, de las que nos hicieron descripción  de su historia y personalidad, de la situación en la que se encontraban en ese momento, que era en acogida de urgencia, cada una en una familia.

Más tarde dijimos sí, con un sí que nos hacía soñar y temer, soñar que por fin íbamos a formar nuestra familia como deseamos.

Con miedo,  surgen todas las dudas existenciales,  si seremos capaces de amar, si nos amarán, si esto es para siempre y seré capaz, y tendré energía, me sentía como en el segundo antes de saltar en puenting, porque era para siempre, como habíamos previsto y sin embargo un terror a no ser capaces nos invadió.

Las niñas eran pequeñas, María tenía sólo 22 meses, y Nuria 3 años.

Nos pidieron las técnicas que hiciéramos un libro donde hubiera fotos para que nos conocieran, eso hicimos, un pequeño álbum con fotos , un recorrido por nuestra casa y nuestros gustos, todo presentado por nuestro perro, que iba recorriendo nuestra  historia como en un cuento, con regalitos dentro, y así, se lo presentaron a Nuria.

Nos citaron en la fundación Márgenes y Vínculos, nuestro primer encuentro, fue sólo con Nuria, se abrió la puerta y nos miramos a los ojos, unos enormes ojos marrones, y un abrazo que pararon el mundo.

Jugamos, hablamos, y entró la pequeña María, ese día estaba tan aturdida que me parecían la misma niña, eran casi idénticas.

Hicimos un acoplamiento de una semana, visitando junto a la familia de urgencia, la calle, sus casas, la nuestra, los parques, quedándonos a solas con ellas.

Llego el viernes, fuimos  los cuatro juntos a casa, recorrimos  entusiasmadas cada rincón, a partir de ahí, de ese momento de intimidad, fuimos compartiendo tiempo, conociendo en profundidad cada reacción, viviendo en directo la dureza del acoplamiento, estremeciéndonos por cada error que cometíamos, que no era más que nuestra forma de adaptarnos a unos seres tan bellos, que hoy, cinco años después, son el amor más grande que podamos conocer, somos la vida los unos de los otros, y no sólo se cumplen las expectativas y se quitan los miedos, siempre dejamos espacio a otras emociones…sino que es tal la profundidad de nuestras emociones, y tal la afinidad, o el vínculo creado, que con todos nuestros defectos,  superamos y trabajamos, somos una familia consolidada, feliz, unida, amorosa y llena de  ganas por compartir. Eso es curativo.

Parece que un acogimiento salva a un niño.a, cuando realmente salva a un sistema, demuestra que, las dificultades, trabajadas en equipo, con el apoyo de expertos, con la unión de las partes, cura.

Un aspecto importante de la acogida, es que existe el mito de  por qué unos padres biológicos que no pudieron y no supieron ni pueden ni podrán cuidar de sus hijos y que incluso hicieron daño, puedan ver a sus hijos.

Cuando vivimos la acogida, en ocasiones conocemos a sus familiares biológicos, nos damos cuenta que son personas casi idénticas a nuestras hijas, que no fueron protegidas como merecían de forma temprana, y que, el fracaso familiar se repite, nos damos cuenta entonces que nos son seres malos, sino personas vulnerables, tanto, como mis niñas, con la diferencia que, en la actualidad existe un sistema de protección adecuado, con un acompañamiento y un interés de los menores. Y en vez del esperado rechazo, surge la comprensión de esos progenitores.

Nuestra experiencia puede describirse como inmejorable, con un trabajo para restaurar y madurar, con las diferencias y matices de otra maternidad y paternidad, que nosotros, jamás cambiaríamos por nada, por nada del mundo.